Soy mala persona
Esta semana he pasado bastante tiempo en la casa nueva. Una casa que, además de grande y luminosa, por suerte está en una urbanización rodeada de olivos que a mí, no sé por qué, me da por decir que son viñedos (no lo son).
Allí, además de los pájaros, solo se escuchan los coches que pasan por la carretera y nadie te quiere vender Kleenex o boletos de lotería o participaciones para una rifa que incluye el sorteo de un jamón. Bueno, lo del sorteo sería bastante verosímil pero todavía no me ha pasado. Lo que sí que me ha ocurrido ha sido la sensación de pesadez en la cabeza que, una vez tras otra, noto en cuanto llego al centro de Madrid.
Siento que Madrid está llena de agresiones.
No me hace falta caminar más de dos o tres calles para cruzarme con alguien que me hace sentir una mala persona. Los voluntarios de la Cruz Roja, por ejemplo. Entiendo que hacen una buena labor y que el rojo de los chalecos es un rojo bien elegido pero, ¿es necesario hacerme un gesto con la mano para que me quite los AirPods? Y mejor no hablamos de los vendedores de Kleenex del semáforo de al lado de la cafetería a la que suelo ir a escribir. Estoy segura de que ese hombre de niño no soñaba con vender pañuelos en un semáforo de la M30 pero, ¿dar golpes en mi ventana? Y así podría continuar y continuar.
Por ejemplo:
Los políticos.
Los que duermen en la calle con un chihuahua al lado.
Las limpiadoras del metro.
Los que llevan la mochila del Basic Fit.
Los que trabajan en una big four y los que hacen voluntariado.
La veterinaria de Olivia.
Los trabajadores del MediaMarkt.
Los centenarios que viven en zonas azules.
Olivia. Estoy segura de que piensa que los paseos son muy cortos y que estoy deseando volver a casa para ver un vídeo de YouTube.
El camarero del bar de mi urbanización.
El jardinero.
Los gatos.
El portero.
Los alcohólicos, los que tienen gallinas y los supervivientes de accidentes aéreos.
Mi madre.
Los youtubers que reparten Kentucky Fried Chicken a niños con la tripa hinchada.
Los dueños de las cafeterías. Sobre todo cuando se me olvida nombrar a las cafeterías en mis publicaciones en YouTube. Parece que pagar 3,50 euros por un café no es suficiente. Si quieres ser buena persona y tener derecho a grabar un vídeo, también tienes que ayudarles a promocionarse.
Los que hablan de la fe, el fondo marino y los que reciclan las pilas.
Los albañiles y los dentistas. Sus presupuestos son tan locos que, al no aceptarlos, siento que voy a terminar sola y sin dientes en una casa con un jardín rodeado de maleza y lleno de gatos.
Podría continuar pero creo que es mejor dejarlo aquí. Quizá escriba una segunda parte, o podría escribir una saga entera. Un montón de libros gordos como gallinas que la gente leería mientras se toma un café y piensa en el destino dorado de las pilas que acaban de reciclar. Ojalá tuviera la autoestima de los dentistas y los albañiles. Me encantaría creer que lo que hago tiene tanto valor como para hacer que los que llevan la mochila del Basic Fit se endeuden para cambiar los suelos o las fundas de sus dientes.
A veces me pregunto cuál es la solución. Quizá debería empezar a comprar Kleenex y boletos para la rifa. O podría dejar de mentir y hacerme socia de la Cruz Roja. No creo que ninguna de esas acciones me fuera a convertir en una buena persona pero al menos mejoraría mi imagen pública. Tengo que buscar otra veterinaria para Olivia. Y también tengo que seguir viendo vídeos en YouTube para terminar de hacer mi reforma sin pagar a un albañil. Solo así podré seguir tomando café. Espero que me toque el jamón.
Tamara Tossi ©



