Ayer me desperté algo angustiada. Me incorporé en la cama y coloqué un cojín detrás de mi almohada. Me puse las gafas y miré el reloj, eran las tres de la mañana. En dos horas serían las cinco, y en cuatro, las siete. El tiempo pasaba, el reloj seguía cruel e impasible a mis sentimientos. Esperé hasta las siete y cuarto y llamé por FaceTime a una amiga que sabía que estaba despierta porque tenía un niño de un año aficionado a jugar a los piratas de madrugada.
¿Estás despierta?, dije mirándola con compasión.
Más o menos, estoy acostumbrada.
Ya, bueno, dije mirando de nuevo el reloj, yo no.
Normal, no tienes hijos.
No, tengo insomnio y angustia.
Mi amiga no respondió. Tenía unas ojeras negras y espesas, el pelo recogido en un moño grasiento, papada y los lóbulos de las orejas gordos y arrugados como castañas. Hice una captura de pantalla, la mandé un beso evitando mirar al niño con pijama de dinosaurios




