Aprender a tirar las cosas
Llevo veinte años reciclando y todavía no sé dónde se supone que tengo que tirar los algodones que utilizo para desmaquillarme. Si uso la lógica, deberían ir junto al plástico. Por otro lado, ya que son de algodón, deberían ir en un cubo junto a las camisetas viejas y los tangas con agujeros. Pero en mi casa no caben más cubos. Tengo que tomar una decisión.
A veces pienso que hacerse adulta consiste en aprender dónde tirar las cosas. No sé qué podría ocurrir si los tiro junto a los desechos orgánicos. En los algodones, seguro que hay restos de piel muerta. Sobre todo en verano. Quizá debería juntarlos con el plástico. A fin de cuentas, allí es donde van a parar las tapas de los botes de lentejas, el envoltorio de los plátanos, las tapas rotas de los polvos bronceadores y los botes de maquillaje vacíos. Me encuentro ante un verdadero problema. Una amiga me ha recomendado comprar toallas individuales. Pero, no sé, lo de lavar tantas toallas me parece menos ecológico que mezclar los algodones con los desechos orgánicos.
Me gusta ser una buena ciudadana. No quiero complicar la vida a los trabajadores del vertedero. Bastante tienen ya. Hace algunos años vi un reportaje sobre la gente que se dedica a separar los desechos y terminé traumatizada.
El problema es que no cuento con la información necesaria. Por eso he decidido dejar de maquillarme. Era la única salida. Me alegro de que el maquillaje ya no esté de moda. Nunca supe si el alisador de poros se pone antes o después de la base de maquillaje. No sé nada del contouring y no entiendo cómo usar el iluminador. Por suerte, con los polvos fijadores, todavía me defiendo. Es una lástima que la amiga de las toallas me hablase de unos espráis que fijan mejor y más rápido. Ahora dudo tanto de mis aptitudes con las brochas como de mis capacidades para reciclar. Me alegro de no volver a ponerme máscara de pestañas, cuando se terminase no sabría dónde tirarla.
Tamara Tossi ©



